martes, 27 de agosto de 2013

Nacho.


Figúrate tu vida como la de un cementerio, como una habitación con las paredes sucias o un camino de vuelta a casa arrastrando los pies. De ser honesto, su vida, la de él, habría de ser así, una orilla sin puentes. Cuesta creerlo, claro. La poesía del dolor se nutre de paseos muy cerquita del abismo, pero no necesariamente del abismo propio, porque hay muchos abismos ajenos por explorar. Por ahora vamos a creerle al cien por cien. Digamos que todo es cierto, que cuando pide por favor comprende que algo no funciona en mí muy bien habla en serio y lo pide con el corazón en un puño. Que entiende que nadie apueste por él, como nadie confía en energía nuclear después de lo de Chernobyl. Puede que su espiral de miedo esté durando demasiado tiempo, y que realmente sus amigos se cansaran un día de escuchar noche tras noche la misma triste canción, incapaz como ha sido hasta ahora de establecer nuevas estrategias para sus nuevos planes. Incluso que con esta lluvia eterna haya acabado acostumbrándose a la humedad, y ya ni siquiera le importe vivir así, calado hasta los huesos. En ese caso tendremos que afirmar que Nacho, que no es guapo ni canta bien ni sabe bailar, es un perdedor -excepto en lo que a discos vendidos y teatros llenos se refiere. Un absoluto fracasado que asume su condición y la canaliza y la convierte en música, o que la lleva tan mal que no puede parar de gruñir y quejarse de la única forma que sabe, pidiendo auxilio en cada estudio, en cada equipo, en cada gira, ante un auditorio plagado de sádicos que se derriten viéndole sufrir. Quizá sea cosa de la heroína, las noches blancas, o la carencia de noches blancas de otro tipo, con heroínas de otro tipo. Me preocupa él, para qué negarlo. No me gustaría que se suicidara ni que huyera. Es demasiado buen artista y su dolor refleja todos los dolores del mundo. Todos y cada uno de vosotros -no me hagáis pensar que solo yo- todos y cada uno sabríais miraros en sus letras en alguno de vuestros naufragios. Frunzo el ceño al escucharle reconocer nunca fui en nada el mejor, al estilo del cadavérico Kurt Cobain cuando dice I'm worse at what I do best. Nacho se equivoca porque sabe dolerse más que nadie. Es el mejor en ese arte -tan subestimado como indispensable- de la autodestrucción.

Permitíos el siniestro placer de doleros un rato.






2 comentarios:

  1. A este lo vi yo con Grako dar una conferencia de Bob Dylan. Una tarde interesante.

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  2. A mi el tipo me gusta pero ese continuo avance a la autodestrucción... ¡A mi me cansaría!

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