jueves, 29 de diciembre de 2016

Carmela.

Ocurrió el día que visitamos Las Palmeras. Entonces yo colaboraba en la campaña electoral de Ganemos para las municipales. Un vecino del barrio nos hizo de cicerone a algunos de los candidatos y al equipo que los acompañaba. Carmela estaba allí. Hablamos con una mujer que venía de la farmacia con una bolsa cargada de antidepresivos. Nos contó que su familia era feriante y les habían robado el camión con todas sus cosas dentro. La Guardia Civil encontró los restos del vehículo desvalijado abandonados en una carretera. Les arrebataron su única forma de vida y desde entonces no levantaba cabeza. Entonces Carmela, sin retirar esa mirada felina que la caracterizaba, salió del calculado y reflexivo silencio que siempre augura el girar de engranajes bien engrasados y le dijo
- Tú no necesitas pastillas. Lo que necesitas es un camión

Es una anécdota recurrente que rescato cuando vendo consejos que no me aplico. Se la tengo que agradecer. Su lucidez me impresionaba. Esa calma aparente enterraba huracanes a los que daba vía libre cuando menos lo esperabas, y te arrastraban. Conmigo siempre fue cariñosa y su experiencia, reveladora. Nada de lo que se diga hoy sobre ella será una exageración. Hace poco escribió en Facebook "tengo el don de reírme de mí. Y me agota hasta la saciedad quien no se ríe de ná, o se burla de tó". Prometo reírme, Carmela. Prometo encontrar mi camión.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Cañero.



Está el barrio de mis padres copando la agenda mediática y digo el barrio de mis padres porque en realidad yo he vivido toda mi vida en el barrio de al lado (que en los noventa era un erial y ahora es un erial urbanizado), aunque mi infancia son recuerdos de una plaza con palmeras y chuches de la Carmeli y vecinas que salen a reñirte cuando zarandeas el naranjo para que te llueva azahar. Aparece Cañero en los titulares porque un chef de la Fuensanta eligió Cañero para abrir un restaurante que ahora tiene una Estrella Michelín, algo que sin duda habrá conmocionado a los vecinos del barrio no por empatía con Paco Morales sino porque no es habitual que pasen cosas que sitúen Cañero en el mapa. La última vez que el barrio de mis padres sintió el peso del foco público fue cuando se le planteó un cambio de nombre. Cañero se llama Cañero porque un rejoneador franquista que se llamaba Cañero donó tierras para construir viviendas; irónicamente el barrio de mis padres es o ha sido un bastión del Partido Comunista. Cañero es un pueblito aunque cada vez menos. Los viejos que vivieron toda su vida en Cañero se van muriendo y sus casas de cal y patio son compradas y derribadas por gente joven que levanta en esos solares minimansiones de dos y tres plantas arrasando con su paisaje tradicional de Macondo embrujado o de Comala maldita. Pese al relevo vecinal y urbanístico, tan doloroso como necesario, Cañero vive en torno a una plazoleta con iglesia y en su ecosistema autárquico sobrevive un 20 duros no regentado por chinos. Muchos se preguntarán qué tipo de ocurrencia llevó a Paco Morales a abrir su Noor en un barrio de viejos porque es sabido que los viejos de Cañero nunca irían a Noor. Confieso que yo tampoco lo entiendo pero me divierte que en el imaginario de tertulias nocturnas en sillas de piscina, señoras que se abanican el pecho y un hierático Fray Albino con chicles pegados en la nariz irrumpa un inesperado punto de glamour. Solemnes críticos gastronómicos. Primera división de la alta cocina. Las mirkas de perdiz con apio disputándole terreno al potaje en cuenco de barro de la cruz de mayo, en el barrio de mis padres.


sábado, 26 de noviembre de 2016

Currículum Vitae II


me llamo Irene tengo veinticinco años y trescientos treinta y nueve días pelo oscuro ojos pequeños soy periodista y como dicen que el periodismo se hace haciéndolo creo que lo soy desde el verano de 2011. Lo primero que cubrí fue un cuentacuentos en el botánico por el camino quedan ruedas de prensa insulsas reportajes de verano entrevistas a doble página y crónicas de plenos municipales boicoteados por parcelistas. El otro día un colega de profesión me dijo que mi generación no es nada espiritual y yo le contesté que cómo coño íbamos a creer en algo si se pasaron años diciéndonos que nos íbamos a comer el mundo para luego negar la mayor y decir que no nos íbamos a comer ni los mocos y al final mira vamos sobreviviendo resiliencia lo llaman yo lo llamo ser un follón conformarse y tirar pero bueno, que cada uno lo llame como quiera. El caso es que no, que espiritualidad la justa ni cantos al destino ni Existencias Divinas ni consejos desde el más allá, yo solo creo en pasarlo bien. Mi peor miedo es el olvido mi peor defecto la impaciencia por eso mi mayor virtud es el nervio que también puede ser desventajoso según se mire. He vivido toda mi vida aquí sin contar los seis años que estuve allí, aquella ciudad se me manchó pero logramos limpiarla y no fue cosa del tiempo porque el tiempo no hace nada, se limita a pasar y es tu acción o tu omisión mientras él pasa lo que marca la diferencia pero en fin, creo que ahora puedo pasear por el barrio de Santa Cruz sin sentirlo una ratonera. Durante una época lo bastante lejana como para hablar de ella me entregué a varias obsesiones sobre mi cuerpo y mi cabeza salí de ahí creo recordar encerrándome en mí misma promulgando un amor propio que no sentía empeñándome en que yo acababa justo donde acaba mi piel negando vínculos y al final como no podía ser de otra manera me rendí y exploté. Entonces como perros de presa que hubieran pasado eones amarrados salieron volando no sé cuántos lazos a enredarse a cosas personas e ideas y yo no sé si eso me ha salvado o condenado pero el caso es que ya no sé sentir sola. Comparto cada alegría y cada éxito porque no conozco otra forma de digerirlo y eso es bonito pero tiene su cara B que es que tampoco sé atravesar sola cada fracaso o cada pena y las cosas personas e ideas a las que estoy enredada por aquellos puñeteros lazos están en el chasis de recibir tanta honestidad de mierda. Ahora no tengo muy claro dónde empiezo y dónde acabo quiero dejar de hablar de mí mimetizarme con el resto diluirme casi a lo mejor así enraízo o puedo mirarme desde fuera y ver alguna puta cosa que no sea una enreaera desenmarañable e intraducible.

2:39, fin del vómito