miércoles, 26 de abril de 2017

Las abuelas.



Trato de reproducir esas escenas en mi cabeza como en una cinta de super 8. Carmen en el patio de Cañero, arreglando macetas; en la cocina, preparando comida para cinco. Tiene la misma cara de mi madre, la he visto en las fotos grises de los álbumes de la estantería. La perra Tula a sus pies, esperando la fortuita caída de algún pedazo de carne, que es lo que hacen los perros. Mientras tanto, Amelia asustada por otra visita de la político-social, ordenando la casa después de un registro, con el miedo en el cuerpo, resistiendo. Callando al cruzarse a las vecinas, corriendo a compartir penas con Pepita, suspirando con el alivio del superviviente ante el fin del régimen, ansiando la vida tranquila que cualquiera merece. Resistiendo.

No, en los cantares de gesta de la guerra y de la posguerra y de las políticas posfranquistas no mandan los nombres de mujer. Quizás el de la Ibárruri, las milicianas o las valientes enlaces de los maquis. Sólo los de aquellas que empuñaron armas o invitaron con sus arengas a que otros las cogieran. Pero detrás de la contienda hay alguien haciendo de comer para el regimiento, y también hay mujeres esperando una vuelta a casa que quizás no llegue y hay mujeres cuidando de los niños y hay mujeres pasando los días a la espera de un abrazo de regreso guardando el amor para cuando toque. Son las viudas de Franco, pero no sólo las viudas. También las que nunca pudieron tener la vida tranquila que cualquiera merece, para las que no ha habido homenajes, ni canciones, ni agradecimientos.

Tampoco por mi parte. Entono el mea culpa que más duele: el de sentirme en la memoria los agujeros negros de mi genealogía. Puedo hablarte durante horas de los años que pasó mi abuelo en la cárcel por rojo y de cuánto le gustaban los toros a mi otro abuelo, pero no tengo base para contar cómo sufría mi abuela la pasión política de uno ni si mi abuela se quedaba junto al otro en el sofá, viendo los toros por la tele. Ellas estaban ahí antes, en el principio de todas las cosas, como pilares de hormigón armado y no las conozco porque no me sobrevivieron, pero también porque son mujeres que no escribieron sus memorias, ni dejaron libros, ni se habló de ellas en los periódicos, ni sintieron jamás que su historia fuera digna de contar. También porque quizás tampoco yo sentí que lo fuera, y por eso no pregunté. Pero si mi madre es la viva imagen de la suya y yo tengo su misma expresión en la cara, debo de parecerme bastante a Carmen. Si mi carácter inseguro es heredado de mi padre y mi padre no heredó el afán aventurero del suyo, seguro que hay bastante de Amelia en mí.

Si estoy donde estoy y puedo hablar de las gestas de mis abuelos y de revolución y llenarme la boca de feminismo es porque mis abuelas aceptaron el papel secundario, cuidaron, parieron, volvieron a cuidar y resistieron. No fueron Rosa Parks ni Clara Campoamor ni Mariana Pineda pero su resistencia merece el mismo rescate: invocarlas en voz alta, fijar bien las huellas, no permitir que se pierdan cuando se pierdan ellos o cuando me pierda yo. Esa es mi promesa y podría ser la vuestra, leáis a Federici o a Moccia: levantar la estatua de las heroínas silenciosas que amamantaron a nuestros padres antes de empezar a contar nuestra propia historia. Sentir en la sangre la herencia de las abuelas discretas, calladas, tejiendo desde el lugar que les tocó los invisibles hilos que hoy siguen tejiendo las madres y mañana tejerán las hijas con otras agujas y una urdimbre distinta para el espacio que nos trabajamos y que hoy nos permite hacer y decir lo que ellas no pudieron. Preguntar quiénes eran, escribir, pensar en Carmen cosiendo, soñando con playas y murgas carnavaleras, en Amelia ahuyentando el miedo, mirando el reloj, nerviosa porque la reunión clandestina del partido se ha alargado una noche más y su novio vuelve a retrasarse. Tu abuela soñando con saber leer. Tu abuela regateando precios en la plaza. Tu abuela soportando siempre el peso de la familia y de la historia. Resistiendo sin títulos ni galones, detrás del plano ilustre de las guerras en el frente y en las fábricas de todos los hombres con nombre.


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