martes, 18 de abril de 2017

Gloria.




El primer libro de Gloria que me regalaron tenía muchos dibujos. Sobre todo, dibujos. Por aquel entonces ella aún pertenecía al mundo de los vivos; yo sólo era una más de las niñas para las que Gloria escribía y a las que les importaba un pimiento quién era Gloria en realidad. El último libro de Gloria que me regalaron fue 'Obras incompletas'. Una edición del 78 que mi abuela regaló a mi madre y mi madre a mí, con todo el significado épico que conlleva el asunto. Sigue siendo el mayor tesoro de mi estantería. El único libro de Gloria que he regalado en mi vida lo di sin dedicar, y mira que yo dedico todos los libros que regalo. Tampoco subrayé mis versos favoritos. Lo hice por prudencia o quizás por cobardía, y me arrepiento, pero sólo un poco. Ya está bien de querer marcar caminos. Que cada uno subraye los versos que prefiera.

Gloria me enseñó a dibujar a la señora Doña Sara (mucho pelo, mucho moño, ojos, cejas y un retoño) antes de enseñarme lo que enseña Gloria: que la gente escuece pero también cura. Escuece en la violencia de una guerra que te jode la juventud y en la asfixia del amor que se acaba. Te cura en la intimidad de los amigos y la mirada limpia de quien ve en ti mucho más que un desastre humano bañado en whisky y tabaco. Cuando Gloria, borracha y dulce, me contaba los cuentos del Dragón Tragón yo no podía ni imaginar que la brujita que sonreía desde la contraportada de mis libros arrastraba el desencanto de la pobreza y la muerte que canalizaba en versos de luz. En tiempos convulsos sólo podemos defender la alegría como una certeza, que decía Mario. En Gloria está todo. No sólo sobre la gente y el amor pero sobre todo sobre la gente y el amor, en su sentido más amplio, con las consecuencias fatales del amor que incluso manchado y áspero continúa siendo amor, que por eso el mundo no se ha parado todavía, y no es que le hayan faltado razones.

Yo venía del Bécquer que nos enseñaban en el colegio, de un querer sacro, solemne, inefable, del rayo de luna, cuando me topé con la poesía madura de Gloria. Se enamoró de un anarquista que se murió, de un fascista que se murió y de mujeres inteligentes que también murieron. Después se enamoró de una cantante y la que se murió fue Gloria. Con todos tumbó la barrera y bajó al fango para hablar de un sentimiento que no está en las llamas inextinguibles de la pasión irredenta sino en los pequeños milagros diarios que pueden describirse sin alardes: "me gusta escribir tu nombre / llenar papeles con tu nombre", aunque el nombre que hoy es paz mañana traiga el caos. La catarsis del dolor convertida en gasolina para escribir un poema que te devuelve la fe o para escribir un cuento que haga reír a un niño, si es que no son la misma cosa. Pero en Gloria está todo, también la política, los meses, los cuerpos, Platón, la soledad, los vecinos, las putas, la propia poesía, la religión, la gratitud por un plato de lentejas. El fútbol, Madrid y los accidentes. El feminismo, Chelo y Phyllis. La soledad otra vez.

En Gloria estamos también nosotros. Y no, a estas alturas del partido no hará falta que nadie nos subraye los versos.

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