jueves, 17 de octubre de 2013

«Añoro todo lo que no tuve».



Añoro todo lo que no tuve. 
Lo que tuve retuve, y eso no me lo quita nadie. 
Añoro solamente lo que no vi ni en pintura, lo que no quise que ocurriera, 
lo que olvidé por desidia, 
lo que no escuché por ciego.
Echo de menos, me hace falta, lo que no viví ni en sueños.

Que no es, por ejemplo, su sonrisa, aunque sonreía poco, y enseñaba las encías, y tenía los dientes un poco amarillos de tanto café y de tanto tabaco. Me gustaba su sonrisa como antípoda del gesto serio, del ceño fruncido, de la mirada perdida, pero lo que más me gustaba era esa risa de hiena cuando pasaban las cosas más tontas, esa risa de hiena que yo acompañaba con mi risa de rata, animalísimos ambos, esas risas, eso no lo echo de menos, porque me harté y casi lo aborrezco, mientras estuve a su lado pude verle reírse mucho y sonreír algunas veces. Lo mismo me pasa con ese lunar en la espalda que tanto me gustaba al principio y que después de tanto verle desnudo perdió todo su interés y a veces me parecía incluso feo como una lenteja hinchada y oscura, una mancha inoportuna sobre su piel blanca impoluta. Tampoco echo de menos las conversaciones porque cuando él se fue y yo me fui ya lo habíamos hablado todo, o casi todo, ni echo de menos los paseos, porque esta ciudad es pequeña y enseguida la habíamos caminado entera también. No son esas cosas, por buenas y preciosas que hayan sido y aunque me gustaría disecarlas o barnizarlas o enmarcarlas para que el tiempo se cuide mucho de estropearlas y que así se mantengan tan geniales para el resto de mis días para cuando quiera recuperarlas un rato, echarles un vistazo, recordar sonriendo. No son esas cosas las que echo de menos porque al fin y al cabo pertenecen a un pasado del que hay pruebas y hay rastro y hay cicatrices que acariciar o ignorar. Se distinguen de las cosas que realmente echo de menos porque estas últimas forman parte de una irrealidad pretérita, de un futuro que no va a llegar nunca, y hay una poesía rara en eso, y una melancolía más triste que todas las del mundo. Por eso no echo de menos follar con él, pero a veces me acuerdo de todos los polvos geniales que nos han quedado por echar, y eso sí que me da pena.
Y echo de menos verle llorar, que supongo que lo hace a veces, aunque yo jamás lo haya visto. Echo de menos bailar con él un rock and roll al estilo de los 50 sin saber bailar rock and roll de los 50, y esos breves trayectos en el coche que aún no tengo, él de copiloto, quejándose de mi música. Echo de menos las películas que nunca vimos, las historias que nunca le conté, la cara que habría puesto al escuchar algunas cosas que no llegué a decirle. Echo de menos el futuro que nunca será, como desayunar rápido y juntos antes de ir al trabajo, y el grupo de amigos con el que empezamos a salir cuando nuestros colegas hubieron desaparecido por completo, unos por desidia, otros porque viajaron al extranjero para buscarse la vida y no se les volvió a ver, ese grupo de amigos nuevo con el que habríamos salido de copas por los bares de siempre, creyéndonos aún muy jóvenes, sin reparar en que nuestra presencia allí elevaba catastróficamente la media de edad de la clientela fija, conformada por chavales como los que nosotros fuimos, pensando, como nosotros pensamos un día, que los viejos que van de veinteañeros resultan patéticos. Echo de menos a las gemelas, esas dos niñas preciosas, las dos iguales, con mis ojos y su nariz, e incluso al tío aquel con el que le habría puesto los cuernos cuando nuestra relación ya estuviera muerta, anclada en la rutina, movida por la inercia, convertida en mera simbiosis, regida por el instinto de supervivencia, por la madurez, por el deber, por las niñas, por el qué dirán, y esa vida yerma y sin magia alguna me impulsara a buscar la pasión fuera del matrimonio encontrándola en un tío más joven y más guapo y más tonto que aún no conociera, al contrario que mi pareja, todos mis vicios y mis defectos, que estuviera aún capacitado para adorarme como si de verdad lo mereciera. Incluso al jovencito aquel, inocente destrozando su vida, le echo de menos más que a su sonrisa.  


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