sábado, 21 de febrero de 2015

El purgatorio.


Si uno se coloca los ojos de trasmirar, a través del vaho, sin marearse al respirar todo ese aire recalentado, la sala de musculación de un gimnasio puede aparecerse como una suerte de purgatorio para el mal de amores. A mí no se me escapa que los habituales, esos que están siempre sobre la misma bicicleta, acaparando la misma máquina, haciéndose bromas unos a otros como si fueran amigos desde el parvulario, sentados junto a la puerta de la sala de bodypump esperando que se abra para ir y agarrar los discos más pesados antes de que se los quiten, no están allí sino para expiar algún tipo de pecado o resentimiento.
La chica de las mallas negras no necesita meterse siete clases de spinning a la semana para mantener la tonificación de sus muslos pero en cada pedalada imagina estar pisándole la cara a aquel capullo que se rió de ella, y eso sí que lo necesita. El gordito con cierto aire heavy que se menea frenéticamente sobre la elíptica con los auriculares puestos posiblemente al ritmo de You give love a bad name no busca otra cosa que sudar la rabia -del rencor o la culpa- por la reciente ruptura. Mires donde mires ahí están: esos tronistas que sacan brillo a sus bíceps para suplir la tenencia de un corazón vacío y negro, insertos en un bucle de superficialidad y aquarius en las discotecas y batidos de clara de huevo; esa barra con 70 kilos que sube y baja y se detiene y vuelve a subir porque el individuo que la sostiene piensa, con las venas a punto de reventarle en la sien, como en aquella escena de Primos, "si llego a 100 vuelve, si llego a 100 vuelve", mientras el hilo musical le escupe un Total eclipse of the heart rescatado por Kiss FM. Grupos mixtos de desdichados y neoentusiastas adictos a la terapia de Mr Wonderful departen sobre lo divino y lo humano con toda la falta de autoridad que otorgan el escote sudado y esas ridículas mallas con almohadillas en el culo: "a veces la vida es como esta cinta: corres y corres pero no llegas a ningún lado".

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